Hay semanas en las que uno camina más por fe que por vista. Haces lo que crees que Dios te ha pedido, pero en lo profundo queda una pregunta: ¿Señor, voy bien? Esta semana se la hice en voz alta. No le pedí una señal espectacular ni una voz del cielo. Solo le pedí un cariñito: que de alguna forma me confirmara que estaba haciendo su voluntad. Una hora después me senté en una reunión de la Alianza Evangélica. Levanté la vista y, en la pared, justo frente a mí, había un cartel sencillo, impreso en un folio, con estas palabras: «Estás justo donde Dios quiere que estés». No hizo falta más. Me quedé mirándolo con una sonrisa y el corazón lleno de gratitud. No vivimos de señales; vivimos de su Palabra. Dios no está obligado a darnos confirmaciones cada vez que se las pedimos. Pero es un Padre, y a veces, simplemente porque nos ama, se agacha y nos da una caricia en medio de la semana. «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos». Salmo 32:8 ...